Escribir un extenso post abordando el actual debate sobre la sanidad en EEUU sigue en mi lista de posts que quiero escribir. Es un tema que, como he mencionado en otras ocasiones, me toca bastante la moral y sobre el que seguramente podría escribir muchos kilobytes. De momento, os dejo con este artículo que he escrito para el siguiente número de la Revista UD (la revista trimestral de la Universidad de Deusto) y que aborda el tema de la igualdad en EEUU desde la óptica del sistema sanitario americano. Os animo a que, en los comentarios, dejéis preguntas concretas que os surgen al leer el artículo o temas sobre los que queréis más detalles. Como ya he hecho en otras ocasiones, puedo escribir un post tipo FAQ basado en esas preguntas (me resulta más fácil responder a preguntas concretas que escribir un largo ensayo sobre la sanidad pública en EEUU).
En fin, aquí teneis el artículo, “La igualdad es para sociatas y rojos”:
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Me parece que ya sabemos que EEUU tiene un puntito de raro (o varios). Un país un tanto paradójico, avanzado a la par que retrógrado en muchos sentidos. Por ejemplo, a mi, como persona de ciencias, siempre me ha desconcertado que, en un país líder en investigación científica, menos de la mitad de la población crea en la Teoría de la Evolución (creyendo, en cambio, que el ser humano fue creado directamente en su presente forma). Podría citar muchos otros ejemplos, pero los dejo para otra ocasión. En lo que me voy a centrar es en un tema que ha causado apasionados debates en EEUU recientemente y que, a mi parecer, es uno de los factores principales que contribuyen a la desigualdad social en EEUU: el acceso a la sanidad.
Empecemos por un sencillo e ineludible hecho: EEUU es el único país rico e industrializado que no garantiza a sus ciudadanos el acceso universal a la sanidad. En el debate sobre la sanidad se pueden decir muchas cosas, pero al final siempre queda esa verdad incomoda, inescapable, e irrefutable, que repetiré por si no ha quedado clara: los Estados Unidos de América, el país más rico del mundo (en terminos de PIB), líder incuestionable en innumerables campos, y la mejor nación del mundo mundial según muchos de sus habitantes no garantiza a sus ciudadanos el acceso universal a la sanidad.
Antes de mudarme a Chicago, este hecho solamente me producía extrañeza. No conocía EEUU tanto como lo conozco ahora, y pensaba (ilusamente) que era algún tipo de ley absurda, heredada de anteriores generaciones, como el derecho a llevar armas y que, sin duda, con el tiempo se subsanaría semejante error. Al fin y a cabo, resultaba absurdo, casi contra natura, que a los ciudadanos de un país tan avanzado y con tantos recursos se les denegase un derecho tan importante y tan fundamental como el acceso a la sanidad (un derecho recogido en la Declaración Universal de los Derechos Humano, a la que se adscribe los EEUU, aunque no de manera vinculante).
Sin embargo, tras mudarme a EEUU, y entender mejor el funcionamiento de su sistema sanitario y las actitudes de muchos ciudadanos americanos sobre este tema, mi extrañeza pasó a incredulidad. Así que puntualizaré mi anterior declaración: Los Estados Unidos de América es el único país rico e industrializado que no garantiza a sus ciudadanos el acceso universal a la sanidad y a buena parte de esos ciudadanos esto les parece fenomenal. Esto resulta un poco chocante, porque a los Europeos el acceso universal a la sanidad nos parece de cajón de madera de pino. Y no nos sobran derechos sobre los que debatir apasionadamente: el derecho al aborto, a la eutanasia, etc. Pero a nadie se le ocurre cuestionar el acceso universal a la sanidad. Por supuesto, de vez en cuando surge un debate sobre cual es la mejor manera de garantizar ese derecho, pero en Europa casi nadie cuestiona que ese derecho debe existir, de la misma manera que nadie cuestiona el derecho a votar o el derecho a la libertad de expresión.
Antes de intentar descifrar esta actitud, repasemos brevemente como funciona la sanidad en EEUU. Lo primero que hay que aclarar es que, en contra de lo que solemos pensar en España, EEUU sí tiene Seguridad Social (a la que todo el mundo contribuye con sus impuestos). Sin embargo, el alcance de la Seguridad Social americana es mucho más limitada que en España, cubriendo principalmente pensiones, desempleo, y cobertura médica únicamente para mayores de 65 años. Las personas no cubiertas por la Seguridad Social (léase: la gran mayoría de la población) deben obtener su seguro médico a través de una aseguradora privada, siendo habitual que los empresarios paguen el seguro médico de sus empleados. Esto resulta en que el acceso a la sanidad acaba ligado principalmente al empleo, exacerbando las desigualdades sociales.
Por lo tanto, ¿como es que la población estadounidense, donde millones de personas no disponen de seguro médico, no está mayoritariamente a favor de instaurar un sistema de sanidad pública? Podríamos enumerar un largo etcétera de razones, pero la raíz de todas es que en EEUU prevalece una filosofía económica liberal que dicta que cuanto menos responsabilidades tenga el gobierno y más dejemos en manos del libre mercado, mejor. Mientras que a nosotros nos parece contra natura que no exista un derecho a la sanidad, al americano medio le parece aberrante la idea de que el gobierno “imponga” que todos debemos tener acceso a la sanidad (lo que, inevitablemente, implica que el gobierno deberá velar por el cumplimiento de este derecho).
En general, está mal visto que el gobierno “imponga” una situación de igualdad (en este caso, la igualdad de acceso a la sanidad). Cada uno que se sostenga por sus propios medios y, si hay desigualdades sociales, que las resuelva el libre mercado (por ejemplo, a través de ONGs financiadas por donaciones privadas) y no el gobierno. Eso sí, no caigamos en estereotipos: el americano medio no es un “carca” anclado en mentalidades anti-comunistas de la Guerra Fría. El americano medio simplemente se fía más del libre mercado que del gobierno, y no acepta que el gobierno realice imposiciones sobre sus libertades personales, incluida la libertad de gastar el dinero ganado con el sudor de tu frente como te plazca.
Por supuesto, eso no resta para que cada vez que alguien proponga una reforma sanitaria, como recientemente ha hecho Obama, la oposición más vocal lance términos como “socialista” y “comunista” como si de insultos se tratasen. La parte más entretenida, o quizás triste, es que la reforma que Obama propone está a años luz de ser “socialismo”, al menos tal y como lo entendemos en Europa. Da igual. Ha tenido la osadía de sugerir que la sociedad americana podría vivir, en conjunto, un poco mejor si todos sacrificásemos un ápice de lo que tenemos para ayudar al prójimo.
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