Los agridulces frutos de la docencia

De los estudios se suele decir que “amarga es su raiz, pero dulce su fruto”. Ahora que termina el curso, en la docencia me parece que está claro que los frutos son bastante agridulces. Te toca padecer cosas bastante agrias, pero tambien cosas sorprendentemente dulces. Y es que en el final del curso coinciden muchas cosas: los exámenes, las revisiones, las defensas de proyectos, las cenas de despedida de alumnos que ya nunca volverás a ver, etc. Algunas te dejan bastante mal cuerpo, y otras te colman de alegría.

El hueso más duro de tragar ha sido seguramente la revisión de las prácticas de la asignatura de Inteligencia Artificial. A mi me tocaba corregir dos tercias partes de las prácticas (unos cien grupos de 1-2 alumnos). Eran unas prácticas en Java consistentes de dos entregas: una primera entrega de análisis y diseño del sistema (1,25 puntos) y la implementación utilizando un motor de inferencia en Java (0,75 puntos).

Pues bien, siendo una persona que aborrece furibundamente los plagios y las copias (como se desprende de mi artículo Sobre los derechos de autor…), me imagino que a nadie le sorprenderá saber que dediqué bastante esfuerzo a detectar posibles copias en las prácticas. Escribí en una tarde un script en BASH que forzaba el grep y el sed hasta límites insospechados para generar unos indicadores que nos orientasen hacia posibles copias. Resultado: 18 grupos habían entregado prácticas copiadas (y la copia era demostrable más allá de la duda razonable, algunos grupos incluso entregaron prácticas que eran identicas byte a byte). Otros tantos grupos habían entregado prácticas en los que había sospecha de copia, pero que no era facilmente demostrable.

¿Y cómo reaccionamos ante semejante situacion? Bueno, el Reglamento de Estudiantes de la Universidad de Deusto es diafanamente claro con respecto a las copias. El artículo 7 (parrafo 3) establece claramente que “la realización fraudulenta de una prueba o ejercicio exigida para la calificación de la asignatura, conllevará el suspenso en la convocatoria correspondiente” (mi énfasis). Es decir, por copiar en una práctica (aunque solo sea el 20% de la nota de la asignatura) se debe suspender la asignatura entera. El reglamento incluso considera el plagio como una “falta grave” (artículo 69, parrafo “j”) por la que se puede abrir un expediente disciplinario cuya sanción puede ser (entre otras cosas) la perdida del derecho de examen en una o varias asignaturas e incluso la perdida del derecho a matrícula durante un curso académico entero (artículo 73).

Hombre, lo que establece el reglamento de estudiantes es igual un poco draconiano. Por eso decidimos (el otro profesor de prácticas y yo) que el plagio en la práctica simplemente conllevaría suspender la práctica. Es decir, la nota de teoría se guarda para septiembre y simplemente hay que hacer una nueva práctica para septiembre. Un compromiso bastante justo, vamos, en mi humilde opinión :-P

Como era de esperar, practicamente todos los plagiadores vinieron a la revisión. Algunos sencillamente agacharon la cabeza, entonaron el mea culpa, y solicitaron humildemente la exculpación del otro grupo en discordia (que habia sido copiado sin su conocimiento). En ese caso los plagiadores suspendian, y los plagiados aprobaban. Otros venían a admitir que la segunda entrega la habían hecho entre dos grupos, pero que no había sido una copia con alevosía. En este caso, decidimos poner un cero en la segunda entrega, pero mantener la nota de la primera entrega (a ambos grupos). Prácticamente todo el mundo aceptó nuestras explicaciones. Sin embargo, siempre hay gente que no quiere hundirse sin primero pelear un poco.

El caso más claro (y el que peor cuerpo me dejó) es el de un estudiante que basicamente me tachó de “inmoral” en la revisión. Vino a la revisión a admitir su culpabilidad en una copia, para que el otro grupo aprobase, pero no estaba conforme con que le suspendiesemos la práctica entera. Alegó que durante el periodo de realización de la segunda entrega estuvo muy agobiado, citó problemas personales concretos (que yo no pusé en duda en ningún momento), y que en un momento de desesperación decidió entregar la práctica de otro grupo. Y, en base a todo esto, argumentó que debería concedersele un trato especial por el hecho de que estaba pasando por “un mal momento”. Que no era justo que se le suspendiese la práctica entera cuando la primera entrega estaba bien (él peleaba por conseguir que su ‘castigo’ se limitase a un cero en la segunda entrega). Yo le intenté explicar que, a pesar de entender perfectamente las circumstancias personales, yo no podía tener eso en cuenta una vez entregada la práctica. En todo caso, lo correcto habría sido venir a hablar conmigo antes de la entrega para explicarme por lo que estaba pasando, y yo no habría tenido ningún problema en extenderle el plazo de entrega. Pero cuando entregas algo (una práctica, un examen, etc.) estas aceptando ser evaluado unicamente en base a lo que has entregado. Una vez realizada la entrega, yo ya no puedo tener en consideración otra cosa que no sea lo que me han entregado. Y, en este caso, lo que yo tenía en mis manos era un plagio confesado.

Sin embargo, la persona en cuestión insistió en que las circumstancias personales eran suficientes para dispensar un trato distinto, que había que tenerlas en cuenta como un “atenuante”. Yo intenté explicarle que eso supondría trazar una linea moral muy delicada a partir de la cual tengo que dispensar un trato especial a unas personas pero no a otras. Es decir, que si luego alguien me viene y me dice que “durante la segunda entrega estaba muy agobiado porque me dejó la novia” yo igual tengo que decirle “pues ya lo siento, pero es que tus circumstancias personales no son lo suficiente fuertes como para atenuar el castigo”. Que no, que no se puede trazar esa linea. Un profesor tiene que aplicar exactamente el mismo criterio a todo el mundo. Pero esta persona era incapaz de entenderlo. El castigo le seguía pareciendo excesivo. Cuando le expliqué que el castigo no es tan excesivo si consideramos que el reglamento establece que hay que suspenderle la asignatura entera, me propinó un “¡No, si al final resultará que eres majo!” en un tono sarcastico que rozaba lo despectivo. Al ver que no llegaba a ningún lado con la linea argumentativa de “estaba agobiado” intentó arrinconarme con detalles técnicos, como que hubo ciertas cosas que se comentaron en clase y en la lista de distribución de la asignatura, pero no en la web. Esto, evidentemente, es un razonamiento absurdo: un profesor solo tiene la obligación de decir las cosas en clase. Todo lo demás (la web, la lista de distribución, etc.) se hace para facilitar la vida a los alumnos, pero es la responsabilidad de los alumnos estar informados de todo lo que se comenta en clase (tanto si van a clase como si no).

Al final la persona en cuestión se fue de la revisión cabreado, y no me cabe ninguna duda de que salió pensando que yo soy un malvado ogro verde que disfruta suspendiendo a gente que pasa por malos momentos. Yo simpatizo totalmente con los problemas por los que el pasó durante la segunda entrega, pero tanto él como yo tenemos que regirnos por las reglas del juego y lo correcto habría sido venir a contarme sus penas antes de la entrega, no después (escudandose en esas penas para intentar justificar un plagio). Y me deja mal cuerpo que haya por ahí un alumno que seguramente va por ahí diciendo que soy un cabrón desalmado cuando yo sencillamente me he limitado a hacer mi trabajo de tal manera que la correción sea equitativa y justa para todos.

Bueno, y luego hubo más grupos que estuvieron peleando hasta el final por su nota, disputandome lo del suspenso en las prácticas o incluso lo de poner un cero en la segunda entrega. Yo, por supuesto, me mantuve firme en los criterios de evaluación que acordamos el otro profesor de prácticas y yo. Pero estuve un par de días bastante mosqueado por la reacción de los alumnos, a pesar de que los profesores más veteranos de la facultad me confortaron una y otra vez diciendo que hice lo correcto (sobre todo en el caso del chaval de “merezco un trato especial porque estaba agobiado”). Pero eso no quita para que haya gente que, si te la cruzas por la calle, lo primero que pasará por su cabeza será la palabra “cabrón” :-(

Y, la verdad, es que esos días de mal rollo a cuenta de la revisión de IA me hicieron olvidar que hay mucha gente en la universidad que sí se rige por las reglas del juego, que no ven a los profesores como malvados ogros verdes sino como personas que estamos dispuestos a brindarles toda la ayuda del mundo (de nuevo, siempre y cuando todos respetemos las reglas), y que incluso te agradecen la labor que realizas (y no caen en el absurdo razonamiento de “a ti no te tengo que agradecer nada porque ya pago a la universidad”). Y afortunadamente han pasado cosas estos ultimos dos días que son ciertamente los frutos dulces (que no agrios) de la docencia. Varios alumnos míos de la asignatura de Tecnología de la Programación me han escrito para expresarme su gratitud por la labor que he realizado dirigiendo sus proyectos, y un alumno que se licencia este año (y con el que tengo mucho trato personal ) incluso ha venido a hacerme un regalo (una taza de café muy friki :-) en señal de agradecimiento no solo por las clases que le he dado sino por la labor voluntaria que desempeño en el e-GHOST. Parece que no, pero este tipo de gestos emocionan más de lo que se imaginan los alumnos. Después de recibir el regalo, la verdad es que se me ha hecho un nudo en la garganta al darme cuenta de que esa persona, al ver que se iba a licenciar, me ha considerado lo suficientemente ‘especial’ durante sus años universitarios como para hacerme un regalo en señal de agradecimiento. Me parece un detallazo, y la verdad es que me ha hecho sentir warm and fuzzy :-)

Así que ya veis… la docencia es una montaña rusa de emociones, aunque me parece que podría ser mucho más llevadera si los alumnos dejasen de ver a los profesores como unos entes distantes a los que no les importa nada los alumnos. Vale, no niego que en todas las universidades hay ‘ogros verdes’, pero la mayoría de los profesores nos preocupamos por los alumnos, y estamos dispuestos a atender cualquier petición de ayuda. Y, en serio, valoramos que haya alumnos que no nos vean como frias máquinas de enseñar sino como personas que sienten y padecen que aprecian que no se nos trate de manera distante y que incluso se tengan gestos de agradecimiento de vez en cuando. Tampoco digo que todos los alumnos piensen así, pero sí una gran mayoría…

Pues eso… hoy ya termina el curso en Deusto, y solo me quedan los cursillos de julio, que generalmente son bastante llevaderos (sobre todo este año que no me toca organizarlos :-D ). Balance del curso: pues eso, agridulce.

1 Responses to “Los agridulces frutos de la docencia”


  • Hola Borja,

    Aqui leyendo tu post se me vienen multitud de ideas a a cabeza la verdad, pero bueno solo un par de ellas :).

    Ahora que estoy estudiando en Estados Unidos es cuando me doy cuenta de lo poco habilidosos que somos en España. Aqui los profesores son mucho mas cercanos y mucho mas “accesibles”. Lo pongo “” porque no digo que alli no lo sean pero es totalmente distinto. Creeme si te digo que yo tengo el telefono de casa de todos mis profesores y sus email particulares.

    Esto que comentas del caso extremo, en este pais es lo mas normal del mundo y por eso se organizan para ello. La verdad es q el metodo educativo no voy a decir que sea mejor, pero ese aspecto lo tiene todo el mundo mucho mas asumido. Ya te daras cuenta cuando llegues, estoy seguro que te llamara la atencion.

    Desde pequeños tenemos la vision del profesor como alguien distante, intocable, inaccesible….. pero luego te das cuenta de que son personitas y tal no?.

    En fin, un par de ideas. Por cierto, enhorabuna por tu piso tiene buena pinta. Y un consejo para la embajada, lleva todos los papeles (aunque siempre te pediran algo mas…. ) y algo mas en sellos para la carta certificada que te mandan con el pasaporte (porque sino pagas una pasta por mrw o seur).

    Saludos,

    Gorka

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