Monthly Archive for Junio, 2004

Mr. Keynote Speaker

Esta semana me ha tocado viajar, aunque afortunadamente no demasiado lejos. Ha sido a Valladolid, con lo que he podido ir tranquilamente en autobús. El proposito del viaje: el 4º workshop del proyecto CRAC, un proyecto que está explorando las posibilidades de aplicar tecnologías Grid al aprendizaje colaborativo. Fui invitado por uno de los miembros del proyecto, Luismi Vaquero (lector del BorjaNet y de mi tutorial de Globus), a dar una charla en el workshop. Bueno, inicialmente pensaba que iba a consistir en dar una charla normal y corriente, pero cuando me llegó la primera copia del horario del workshop… ¡resulta que yo iba a ser uno de los keynote speakers! Para los que no están familiarizados con ese termino, el ‘keynote speaker’ es algo así como el ‘orador distinguido’ en una serie de charlas. Los keynote speakers se suelen distinguir porque son personas muy importantes en su area de conocimiento y porque lo que dicen en su charla suele sentar cátedra. Vamos, que no estoy muy seguro de que a la tierna edad de 23 años ya tenga suficiente estatus como para ser keynote speaker, pero bueno… preparé una charla titulada “Towards a service-oriented Grid” y parece que gustó…

Valladolid ha resultado ser una ciudad bastante… uhm… regular. Pero vamos, no lo digo yo, lo dicen sus propios habitantes. Me ha sorprendido el poco apego que le tenian a su ciudad todos los vallisoletanos con los que hablaba. “Bueno, Valladolid te habrá defraudado, ¿no?, con lo poco que tiene…”, me solian decir. Y cuando me preguntaban si ya había estado en Valladolid y les respondía que lo más cerca fue Salamanca, me decían “Jo, pues es que Salamanca es mucho mejor que Valladolid, seguro que Valladolid te parece una mierda en comparación”. No sé, me pareció un poco chocante esta actitud, sobre todo viniendo de Bilbao, donde el orgullo por el botxo es algo que se lleva practicamente en los genes. Mecagüenlahostiaputa, a ver si ahora me vais a decir que hay alguna ciudad mejor que Bilbao…

Aun así, procuré reservar un poco de tiempo para perderme por la ciudad y ver los lugares más típicos. Hombre, vale, admito que no es espectacular, y que quizás incluso tampoco es demasiado paseable, pero por lo menos hay algunos lugares agradables a la vista, aunque la mayoría de ellos entran en la categoría de ‘piedras viejas’. Eso sí, durante mi paseo por Valladolid me pasó algo bastante curioso que está bastante relacionado con lo que expuse en el artículo Estupidos niñatos (es decir, que la juventud se está agilipollando).

Durante mi paseo por la ciudad, entré en uno de esos centros comerciales pequeños que son como unas galerias pero tienen varios pisos. Estaba yo tan tranquilamente mirando los escaparates cuando, al acercarme a la zona del supermercado, se aproximan unas cinco chavalas de unos 14-15 años. No sé si me verían cara de pringao, o si por el hecho de que tengo el pelo un poco largo se creerian que soy un ‘tio enrollado’, pero la cuestión es que me dicen: “Señor, señor, ¿nos compra unos briks de vino en el supermercado?”. Mi respuesta no se hace esperar: “NO”. Por supuesto, no esperaba quitarmelas de encima con eso, y prosiguieron: “Jooo, señor, ¡por favor!”. En ese momento empezaron a lanzarme excusas, algo que no debieron consensuar de antemano, porque una decía “Es que es para la abuela, que no puede bajar al supermercado” y otra decía “Señor, ¡que es fin de curso!”. Yo sencillamente paso, no digo ni una palabra más, y sigo mirando escaparates. Al ver que me alejo, las crias desisten. Sin embargo, la ruta de salida me llevaba de nuevo junto a ellas, y me insisten: “Jooo, señor, venga, ¡que sólo son unos briks de vino!”. En ese momento, yo les miro una cara entre lástima y extrañeza y les digo: “¿Pero de que vais?” mientras me alejo de ellas. A mi espalda oigo primero “¡De Bitter Kas!”. Pobrecitas, su afán por privar les ha hecho olvidar que eso rima con “¿De que vas?”, no con “¿De que vais?”. Pero bueno, eso se puede excusar. Lo que ya me toco las narices es que despues del Bitter Kas, una de las chavalas profirió un sonoro: “¡GILIPOLLAS!”. Mi mitad más violenta quiso en ese momento darse la vuelta y propinarle una buena leche a esa chavala impertiente, seguido de una lectura de la ley que prohibe la venta de alcohol a menores (que tambien penaliza a los que consiguen alcohol a menores), pero afortunadamente prevaleció la otra mitad que me decía que no merecía la pena meterse en semejante berenjenal con unas chavalas pubescentes y oligofrenicas.

La razón por la que esto enlaza con el artículo Estupidos niñatos no es tanto por el hecho de que unos menores intenten conseguir alcohol. Eso ha existido desde tiempos inmemoriables. Yo nunca he intentado conseguir alcohol siendo menor, principalmente porque no bebo alcohol, pero sé perfectamente que es algo bastante habitual. No estoy de acuerdo con ello, y (al igual que hice en Valladolid) nunca conseguiría alcohol para un menor. A lo que voy es que esto no es algo nuevo y mi queja en Estupidos niñatos era con las nuevas generaciones… Lo que me tocó las narices es que, tras dejarles bien claro (y con educación), que yo no iba a conseguirles bebercio, me propinaron un “¡GILIPOLLAS!” a mis espaldas. No sé, vamos, me da la impresión de que ellas piensan que una persona que cumple la ley es, por definición, gilipollas. Intento imaginarme lo que debe ser pedir a un mayor (¡a un completo desconocido!) que te consiga alcohol y yo sinceramente estaría acojonado, y si alguien me dice que “no” pues no insistiría, esperaría a que viniese alguien ‘enrollado’ que sí estuviese dispuesto a hacerme el favor.

Pero bueno, aparte del incidente con las estupidas niñatas, todo fue bastante bien. El workshop no fue emocionante pero, claro, tampoco era de mi tema, excepto cuando hablaban de Computación Grid. En las charlas que eran de educación pura y dura (vamos, pedagogía teorica 100%), llegué a niveles de inconsciencia que no sabía que se podían alcanzar estando despierto. También me esperaba que iba a ser un workshop bastante light, dejando tiempo para descansar tranquilamente por las mañanas y por las noches. Pues todo lo contrario: nos sacaron a cenar todas las noches hasta la 1 o 2 de la madrugada a los más variopintos lugares (un restaurante francés, un asturiano, y un griego). Cuando regresé a Bilbao el sabado me pasé casi todo el día durmiendo… Pero vamos, en general, todo muy bien. Gente maja y agradable (que, al final, es de las cosas más importantes) y permanente buen rollito.

Y, en total, junio está resultando ser un mes bastante más ajetreado de lo que me esperaba. Julio promete ser más tranquilo, aunque ultimamente no termino de fiarme de mis previsiones de ‘tranquilidad’… habrá que ver…

Vigilar exámenes es aburrido

Cuando yo era estudiante (joder, empezar así un artículo me hace sentir viejo) en los exámenes me imaginaba que estar vigilando el examen era bastante más emocionante y divertido que hacer el examen y estar sudando la gota gorda durante dos horas. Evidentemente, cualquier cosa es mejor que hacer un examen, pero lo de vigilar examenes este año me ha decepcionado bastante. Y la razón es muy sencilla:vigilar un examen es aburrido de cojones. Ahora entiendo por qué los profesores corren despavoridos cuando alguien busca voluntarios para cuidar exámenes…

No sé, yo me imaginaba que iba a ser algo mucho más dinámico, estando pendiente de posibles copiones, chuletas, gente que habla, etc. Pues no. Resulta que consiste en andar de un extremo del aula al otro durante dos horas, mientras pones cara de poker, para acojonar un poco al personal, cuando en realidad lo unico que pasa por tu cabeza es cuanto te duelen las piernas después de andar durante hora y pico (lo mismo que después de recorrerse un museo de cabo a rabo). La vieja guardia me cuenta que hace tiempo los exámenes si erán más animados, con ingentes capturas de chuletas, redistribución dinámica de alumnos para evitar copiadas, etc. Pero, curiosamente, por razones que nadie consigue explicarme, parece que en lo referente a los exámenes los alumnos se han vuelto más formales y menos peleones.

Así que hoy, después de vigilar el examen de Compi II (célebre asignatura de JosuKa), los vigilantes hemos estado elucubrando posibles maneras de hacer los exámenes más emocionantes tanto para el vigilante como para los alumnos…

Para la primera idea hace falta que en el aula de exámenes haya las sillas justas y necesarias para los alumnos (algo que no resulta dificil hacer). En un momento totalmente aleatorio, empieza a sonar música. Los alumnos tienen que levantarse y moverse, y el vigilante tiene que retirar una de las sillas. Cuando la musica termina, todo el mundo se sienta, y el que no tiene silla… ¡Suspendido! Una posibilidad bastante divertida, pero quizás mal enfocada: es evidentemente inapropiado que te juegues la nota a tu habilidad de encontrar una silla libre. Así que intentamos enfocar el tema de una manera más positiva…

Lo que hay que hacer es poner unos botones de esos grandes y rojos en cada uno de los puestos del aula de examen. En un momento totalmente aleatorio, Dani (aclaración para los no-Deustenses: Dani es el bedel de la Facultad de Ingeniería) grita por megafonía “RRRRRROOOOOOONDA RRRRREEEEELAMPAGO!!!”, todos paran de hacer el examen, el profesor plantea una cuestión breve a los alumnos (”¿Cual es la definición de una gramática ambigua?”), y el primero en pulsar el botón y responder a la pregunta (”¡Aquella gramática que produce dos arboles para una misma expresión!”) se lleva un jugoso punto (”CORRRRECTO!!!”). Si responde mal, no hay penalización, pero sí rebote. Vamos, me parece dificil encontrarle pegas a esta idea… el alumno en todo caso puede ganar puntos, y todos nos lo pasamos bien.

Eso sí, hay maneras de aumentar el factor de emoción y riesgo en el examen sin vincularlo a penalizaciones/recompensas en la nota. Por ejemplo, a la hora de asegurarse de que nadie se lleva un enunciado u hoja de respuestas del aula del examen. Al entrar en el aula, todo el mundo debe ponerse un collarín especial (pequeño, discreto, y poco molesto). Las hojas que no pueden sacarse del aula (por cualquier razón) llevan las mismas pegatinas que llevan los productos de El Corte Ingles (y similares). Si el alumno intenta sacar dichas hojas del aula, los sensores de la puerta lo detectan, y hacen que el collarin le suelte unos cuantos voltios (nada letal, por supuesto) al alumno. Después de unos cuantas chispazos Pavlovianos, los alumnos se lo pensarán dos veces antes de intentar escaparse con el enunciado…

Uno de los vigilantes (cuyo nombre permanecerá secreto :-) sugirió ir un paso más adelante y poner explosivos en el collarín (como en esa película de serie B que casi todo el mundo ha visto, pero cuyo nombre casi nadie consigue recordar). Sin embargo, esa opción queda descartada por motivos evidentes: las señoras de la limpieza se cabrearian bastante si les dejasemos todo pringado de sangre. Ah, bueno, y porque matar está mal, claro :-) Otra solución extrema que surgió fue colocar unos electrodos en todas las sillas, y colocados a otra parte de la anatomía humana, con un panel maestro en la mesa del profesor, para lanzar ‘advertencias’ a alumnos que hablen o saquen chuletas.

En fin, ya veis como desvariamos los profes después de pasar dos horas y pico vigilando un examen. Me adelanto a los comentaristas talibanes, y os recuerdo que todo esto es en plan de coña, aunque lo de la Ronda Relampago me sigue pareciendo una idea bastante buena, jejeje :-) ¿Y a vosotros? ¿Qué maneras se os ocurren de amenizar los exámenes?

Estupidos niñatos

Cualquier persona que ha ido al cine unas cuantas veces sabe que hay una serie de normas tácitas cuyo cumplimiento es esperado de cualquier espectador. Puesto que a algunas personas no se les da bien captar estas sutilezas, muchos cines han incluido (sabiamente) avisos antes de la película explicitando muchas de estas normas. Por ejemplo, muchos cines avisan que hay que apagar los móviles, que hay que tirar las palomitas al salir y no dejarlas en el asiento, que no hay que hablar durante la proyección, etc, etc. Todavía no hemos llegado al punto en el que hay que explicitar la norma de “No busques una palomita demasiado tiempo en la entrepierna, que queda muy feo”, pero todo se andará…

Pues bien, hoy me ha pasado algo que hacía tiempo que no presenciaba en una sala de cine. Una vez empezada la película, han irrumpido en la sala una pandilla de unos 8-10 pubescentes niñatos (de esos que tienen las hormonas en plena efervescencia), hablando en voz alta hasta que se han sentado, e incluso entonces uno de ellos ha dicho en alto, como si los demás espectadores fuesemos sus amiguetes “Oye, pero esta es la película ABC???” (la película en cuestión es lo de menos). A lo que un espectador ha respondido educadamente, “Si, pero por favor callaros, ¿de acuerdo?”.

Vamos a ver, a mi ya me ha pasado muchas veces (y seguro que a mucha más gente también), que en la peli entra una jauría de mandriles altamente hormonados, hacen un poco de ruido, pero en cuanto les pegan un bufido, pues se callan y todos en paz. Boys will be boys, nos ha pasado a todos. Sin embargo, en este caso la susodicha pandilla ha hecho caso omiso repetidas veces de los bufidos que les han pegado los demás espectadores (cuyo cabreo iba creciendo por instantes). “Callaros, por favor” “¿Quereis callaros, joder?” “¿¿¿VAIS A VER LA PELICULA U OS VAIS A LA CALLE, COÑO???” En serio que era un lamentable espectaculo, porque la pandillita parecia más interesada en reirse entre ellos y de charlar animadamente en lugar de hacer lo que uno suele hacer en una sala de cine: ver la película. Y, para colmo de colmos, no reaccionaban ni a los más apasionados bufidos de los espectadores (el de “u os vais a la calle, coño” no es exageracion, ha habido una persona que lo ha gritado y ni le han hecho caso).

Evidentemente, al cabo de un rato muchos de los espectadores han llegado a la (correcta) conclusión de que ellos han venido a ver una película, no a aguantar a una pandilla de oligrofrenicos sin modales. Uno de los espectadores salió se la sala y, acto seguido, entró un acomodador que reprendió a los chavales.

¿Acaba ahí mi relato? Que va. El sentido común nos dicta que si un empleado del cine te suelta una bronca, pues más te vale decir amén porque, mientras estés en sus dependencias, él es Dios y tu eres escoria. Pero nuestros maleducados amigos, por supuesto, estaban por encima del sentido común y se le pusieron chulo al acomodador. No oi la conversación entre los niñatos y el acomodador, pero no debio ser muy agradable porque al final el acomodador acabó sentando a un chaval en un extremo de la sala, y expulsando a otro chaval de la sala.

En ese momento, al parecer, es cuando las entumecidas mentes de esa pandilla de subnormales por fin llegó a la conclusión: (lease con voz de neandertal) “Ahhhhh! Es que quieren que nos callemos! (uga buga)”. Efectivamente, se callarón, y todos soltamos un suspiro colectivo de alivio.

Todo esto, sin duda, me parece que se enmarca en la creciente falta de respeto que le tiene la juventud a ‘los mayores’ (en este caso, tengo que incluirme entre ‘los mayores’). No sé vosotros, pero yo hace tiempo que llevo detectando una tendencia por parte de los crios a pensar que ‘los mayores’ somos todos, por definición, gilipollas y carentes de toda autoridad moral. Joder, siempre ha habido tensiones entre ‘los pequeños’ y ‘los mayores’, pero cuando yo era crio me bastaban un par de bufidos por parte de una persona mayor para callarme y dejarles en paz.

Por ejemplo, seguro que a más de uno (de mi misma edad) le pasó esto en el colegio: Cuando yo era crio en EGB, los chavales de BUP me parecían la leche. Si te encontrabas con alguien de BUP en el pasillo, te apartabas. Si alguien de BUP te hablaba, sus palabras parecían resonar en tu cabeza como si fueses la Palabra del Señor. Y si alguien de BUP te echaba una bronca, tu callabas y aceptabas todo lo que te decían sin rechistar. Claro, yo pensaba que al llegar a BUP recibiría el mismo respeto por parte de los más pequeños del colegio. Sin embargo, al llegar a BUP nos encontramos con que los crios de EGB no tenían el menor reparo en llamarte “idiota” o “imbecil” (que era lo más fuerte que sabian) si les llevabas la contraria. ¿Que quieres explicarles que el tema de las flatulencias es de mala educación en la biblioteca? Pues olvidate, porque inmediatamente eres “imbecil” y te ganas un par de sonoras ventosidades más por si no te ha quedado claro. A mi ni se me ocurria tener esa actitud a su edad, y si con 12 años en el cine un adulto me dice que me calle, pues seguramente lo haría ni se me ocurriría ponerme chulo al acomodador.

Muchos educadores parecen confirmar mi teoría, al comentarme que, desde hace unos años, los chavales en clase han dejado de tenerle respeto al profesor, independientemente de que sea un cabrón o no. Al parecer, como un profesor es una persona mayor, eso implica para los chavales que es alguien a quien necesariamente hay que putear. En mi antiguo colegio incluso me cuentan que unos chavales de 13-14 años fueron tan tremendamente hijoputas que hicieron llorar en clase a un veterano profesor (tras lo cual se pilló una larga baja por estrés). Joder, estas cosas no pasaban cuando yo era crio…

Moraleja del cuento: La juventud se nos está agilipollando :-P

Disclaimer: Las generalizaciones son peligrosas, y mis afirmaciones no van dirigidas a todas las personas humanas cuyas hormonas estén como una alarma de incendios, solamente a aquellas que hablan en los cines y/o no respetan a sus mayores :-P

Whatever happened to fair dealing?
And pure ethics
And nice manners?
Why is it everyone now is a pain in the ass?
Whatever happened to class?

Whatever happened to, “Please, may I?”
And, “Yes, thank you?”
And, “How charming?”
Now, every son of a bitch is a snake in the grass
Whatever happened to class?

“Class”, del musical “Chicago”