El título ya lo dice todo. Por fin, y con ocho años de retraso, me voy a poner en serio a aprender a conducir, sacarme el carnet, y comprar mi primer coche (usado, por supuesto). Me parece que, antes de explicar los motivos detrás de esta decisión y, ya de paso, explicar el proceso que se sigue aquí en EEUU para estos menesteres, merece la pena abrir el baúl de los recuerdos y mencionar por qué nunca me animé, en mi tierna adolescencia, a sacarme el carnet.
Los 18 años es esa edad especial en la que adquirimos multitud de derechos en España, entre los que se incluye el derecho a sacarnos el carnet de conducir. Cuando alcancé el número mágico en 1998, la idea de poder conducir… pues no me emocionaba demasiado. Objetivamente, podía ver que era una habilidad que merecía la pena tener, pero no había absolutamente nada que me motivase a sacarme el carnet. Siempre he sido un fan no sólo del transporte público sino también de andar de un lado a otro. Y estos dos modos de transporte ya eran suficiente para satisfacer prácticamente todas mis necesidades. Ir la universidad, de Las Arenas a Deusto todas las mañanas, era sencillo con una combinación de metro y paseo. Los fines de semana, quedar con amigos en Bilbao era, de nuevo, sencillo con el metro. Ir al cine, generalmente en sitios a los que no llegaba el transporte publico (como centros comerciales), no era un problema porque mi padre (siendo crítico de cine), iba al cine en coche. Y para viajes más largos (Madrid y Barcelona eran destinos habituales en mis años universitarios), pues eran tan poco frecuentes que merecía el coste de ir en avión o tren. En resumen: no necesitaba un coche y, si lo hubiese tenido, lo habría utilizado más bien poco. A esto hay que añadir el hecho de que sacarse el carnet en España es (1) caro y (2) un coñazo. Todo esto me infundía en mi una enorme vagancia. Pasar por el proceso de sacarte el carnet sencillamente no podía compararse con la comodidad de mi fantástico pase anual del metro.
Antes de mudarme a EEUU, estaba convencido de que, una vez ahí, tendría que ponerme las pilas y aprender a conducir lo antes de posible, so pena de no poder ir a lugares tan básicos como el supermercado, mi oficina, etc. Me temía que la Universidad de Chicago sería una de esas universidades en el quinto pino, lejos de cualquier centro urbano. Afortunadamente, el campus está en plena ciudad de Chicago, y la ventaja de vivir en una ciudad grande como Chicago es que las distancias son relativamente cortas (mi apartamento está a 15 minutos andando de mi despacho) y hay supermercados, tiendas, etc. a la vuelta de la esquina (tengo un supermercado enorme a dos bloques de mi apartamento). Para todo lo demás, el transporte público es bastante bueno, con autobuses y trenes que te permiten ir de la universidad al centro de la ciudad (”downtown”) en 30 minutos (o 20 minutos, si todos los planetas se alinean perfectamente).
Así pues, el primer año en Chicago ni me plantee aprender a conducir. De hecho, la oficina de Asuntos Exteriores de la universidad nos recomendaba enfáticamente a los estudiantes extranjeros que ni nos planteásemos tener coche en EEUU. Estaba más contento que unas castañuelas con la cercanía a mi despacho y el supermercado. Y como todos mis compañeros de clase también vivían en la universidad, pues quedar con alguien requería un sencillo paseo de 10 minutos. Pero, poco a poco, sobre todo durante mi segundo año, me dí cuenta de que el barrio de Hyde Park (en el que se encuentra la universidad) se queda rápidamente corto. No hay cines (el cine más cercano está a 1h en transporte público), solo hay un par de restaurantes buenos, apenas hay zonas por las que pasear, y en periodos vacacionales (sobre todo navidades y en verano), el barrio está tenebrosamente vacío. Hyde Park es un barrio ideal para evitar distracciones, pero pésimo cuando necesitas un poco de entretenimiento.
Claro, una solución es moverse con transporte público. Ya he mencionado que el centro de la ciudad está a 30 minutos en autobús, que es bastante razonable. Pero otra cosa que descubrí tras pasar una temporada en Chicago es que al centro de la ciudad sólo merece la pena ir si eres turista o si eres rico. El centro siempre está aglomerado (hasta el punto de resultar incomodo tener que moverse entre el mar de gente, casi todos turistas) y todas las tiendas, restaurantes, y cines suelen ser bastante caros.
¿Y donde podemos encontrar una gran variedad de tiendas, restaurantes, y cines a precio asequible? Pues en la zona norte de Chicago (”The North Side”). Problema: Mínimo 1h para llegar de Hyde Park a la zona norte por transporte público. Y no hay conexión directa: primero hay que tomar un autobús, y luego pillar un tren. Puede parecer que me quejo de vicio, pero también hay que tener en cuenta que en la vida del doctorando (en EEUU, por lo menos) hay muy poco tiempo libre. Si quiero ir a ver una película, y voy a perder dos horas en tránsito, pues no merece la pena. Y, precisamente por eso, he pasado de ir al cine dos veces a la semana en España, a ver sólo cinco películas en todo el año 2006. Evidentemente, esto no es sólo cuestión de poder ir al cine o de compras. En los dos años y medio que llevo en Chicago, he hecho bastantes amistades, y muchos de mis amigos viven en la zona norte. A veces, quedar con un amigo para algo tan sencillo como tomar un café, ver una película, ir a cenar, requiere un viaje de 1h30m. Para que nos hagamos una idea, es como si todos los fines de semana (estando en Bilbao) quedase con amigos en Burgos. Y volviese en el mismo día. Un coñazo, señora, no me lo niegue.
Y, aparte de razones puramente sociales, hay una larga lista de otros motivos que se han ido acumulando desde que llegue:
- A menudo tengo que visitar el Laboratorio Nacional de Argonne (a 45km de la universidad), donde trabaja mucha de la gente involucrada en investigación Grid por estos lares, y estoy a la merced de un autobús que solo hace cuatro viajes en el día desde la universidad al laboratorio (y el último autobús de regreso sale a las 17:30).
- Cuando voy a una conferencia, evidentemente no puedo alquilar un coche para moverme a mis anchas, y tengo que depender de taxis todo el rato (luego me los reembolsan, pero es un rollo).
- La inefable Lisa Childers, co-autora de mi libro, vive en los suburbios de Chicago. Quedar para cenar en su casa, o atender la ocasional juerga con la gente de Globus, es toda una aventura. Si voy en tren, tardo unas dos horas en llegar desde Hyde Park. Y como es un tren de cercanías con una frecuencia irrisoria (cada 1 o 2 horas) pues hay que planificar el viaje con antelación. Y, siendo lo que son las distancias en EEUU, pues el tren de cercanías no me deja “cerca” de la casa de Lisa. Hay que venir a recogerme, y a la vuelta hay que llevarme de vuelta a la estación (o, el fin de semana, cuando la frecuencia es incluso peor, hay que encontrar a alguien que me lleve de vuelta a Hyde Park).
- Los alrededores de Chicago están rodeados de lugares que me encantaría visitar, sobre todo varios parques naturales y el observatorio Yerkes. Pero, sin coche, imposible. A esos lugares no te lleva ni el tren de cercanías.
- Desde que vine a EEUU, tengo ganas de hacer un auténtico y genuino road trip americano (a ser posible, con los 4 magníficos; ya sabéis quienes sois y espero que recordéis que esto lo hablamos en una ocasión :-D ). Pero para hacer un road trip pues hace falta saber conducir y tener coche.
- Etc., etc., etc.
Por lo tanto, como ya he dicho al principio, me he decidido a aprender a conducir y a comprar mi primer coche. Sacarse el carnet en EEUU es, en general, bastante sencillo, aunque varía en cada estado. En Illinois, el coste del carnet de conducir es $10 (7.5€ al cambio). Esto incluye el examen teórico, el práctico, las pruebas médicas, etc. Ambos examenes (el teórico y el práctico) se hacen el mismo día y sin cita previa (los resultados del teórico se saben instantáneamente y, si apruebas, pasas a hacer el práctico). En mi caso es un poco distinto, porque primero tendré que hacer el teórico para disponer de un permiso provisional que me permite conducir con otra persona (es decir, no es posible realizar clases prácticas sin el permiso provisional). Cuando ya me sienta cómodo detrás del volante, pues podré hacer el práctico. Y después de eso, a buscar coche, seguro para el coche, etc.
Pero bueno, todo eso ya lo iré contando aquí. De momento, lo más inmediato es sacarse el examen teórico, que seguramente haré la semana que viene. En el estado de Illinois basta con empollarse las Illinois Rules of the Road para el teórico y, de momento, no lo veo muy complicado… En fin, ya os contaré aquí que tal me va en el examen :-)
P.D.- Visto lo que he dicho en este post sobre las distancias en Chicago, y lo que se tarda en llegar de una punta de la ciudad a la otra punta, me parece un buen momento para recordar que Chicago es una ciudad muy grande. Tiene un área de ~600km² (Bilbao tiene ~40km², el Gran Bilbao tiene ~500km², y Madrid tiene ~600km²). La ciudad tiene, estrictamente, “sólo” 2,8 millones de habitantes (menos que Madrid), pero el área metropolitana de Chicago, denominada “Chicagoland” (de la misma manera que nos referimos a Bilbao y alrededores como “Gran Bilbao”) tiene una población de casi 10 millones (el Gran Bilbao tiene una población de ~900,000 habitantes). Para que nos hagamos una idea, Chicagoland tiene más población que los 10 estados menos poblados de EEUU juntos (Wyoming, Vermont, Dakota del Norte, Alaska, Dakota del Sur, Delaware, Montana, Rhode Island, Hawaii, y New Hampshire), y más habitantes que países como Suecia, Austria, Suiza, o Israel.
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