Thanksgiving

El día de Thanksgiving (o Día de Acción de Gracias), que este año tuvo lugar el pasado jueves, tiene sus orígenes en los primeros colonizadores ingleses del continente norteamericano, que decidieron observar un día anual en el que dar gracias a su deidad por haber sobrevivido su primer año en una tierra extraña. De hecho, la historia que suele relatarse es que estos colonizadores, los Pilgrims, celebraron una cena con ingentes cantidades de comida (provenientes de la primera cosecha) que compartieron con los “indios” sin cuya ayuda habría sido imposible sobrevivir, ya que ellos ya estaban familiarizados con los cultivos americanos, como el maíz. Por supuesto, hay mil historias sobre los orígenes sobre Thanksgiving, pero la simbología basada en Pilgrims e indios suele ser la más habitual, aunque en España la mayoría conocemos Thanksgiving como “ese día en el que se reune toda la familia para comerse un pavo gigante”.

Puesto que estuve en un colegio americano hasta los 16 añitos, pues ya estaba familiarizado con Thanksgiving, aunque evidentemente nunca lo celebrábamos en casa (eso sí, algún año en el colegio nos organizaban una comilona con pavo). Mi primer Thanksgiving “de verdad” fue en 1992, cuando pasé medio Noviembre con una familia americana en California como parte de un intercambio de estudiantes. No recuerdo los detalles, pero sí recuerdo que fue exactamente como lo pintan en las películas. Estaba reunida toda la familia (padre, madre, hijos, tíos, primos, y abuelos; algo que en España solo presenciaba en Nochebuena), y en el centro de la mesa había un pavo de proporciones superlativas. Antes de comer, todo el mundo dio gracias por algo, y el Gran Momento Americano fue cuando el abuelo se echó a llorar mientras daba gracias por tener una familia tan chachilerendi.

Hasta que me mudé a Chicago, no hubo más cenas de Thanksgiving. Mi primer año en Chicago, Thankgiving tuvo lugar apenas dos meses desde que mudé aquí y, puesto que no conocía a nadie, no tuve donde pasar el Día de Acción de Gracias. Si mal no recuerdo, me los pasé en casa estudiando la temida Matemática Discreta, y haciendo un poco el vago ya que, al fin y al cabo, eran días de vacaciones. Al año siguiente, pasé Thanksgiving en casa de un compañero de clase, y el tercer año lo pasé en casa de un amigo chicaguense. En ambos casos, hubo pavo para dar tomar y regalar, junto con otros platos típicos de este día: puré de patatas, el relleno del pavo (el pavo se rellena con migas de pan, pasas, y almendras, aunque esto varía de receta en receta), maíz, habichuelas, salsa de arándanos, y muchos otros.

Este año, por primera vez, he participado en otro ritual típico de Thanksgiving: viajar. Como puede verse en muchas películas americanas, el Día de Acción de Gracias es un día en el que tiene que reunirse toda la familia y, puesto que unos pueden estar en Nueva York, otros en Chicago, y otros en Los Angeles, pues reunir a toda la familia no es moco de pavo. De hecho, el día antes de Thanksgiving es el día con el mayor tráfico aéreo en EEUU, algo que resulta especialmente problemático cuando en ciertas regiones ya empieza el mal tiempo (especialmente las nevadas). Los retrasos que se producen en todos los medios de transporte (avión, tren, o coche) suelen ser absolutamente épicos, y no es raro pasarse varias horas esperando a que salga tu vuelo o atascado en una autopista. Aunque generalmente me gusta vivir todo tipos de experiencias típicamente americanas, pues esta es una que no me emocionaba demasiado… pero no podía librarme porque este año había hecho planes para pasar Thanksgiving en Washington DC con unos amigos de mi familia.

Afortunadamente, mi apretado presupuesto de estudiante de doctorado me salvó el pescuezo. Los únicos vuelos baratos que pude encontrar eran aquellos que salían muy pronto (sobre las 7 de la mañana, lo que implica levantarse a las 4 para llegar al aeropuerto a tiempo). Aunque esto implica un madrugón tremendo, a esa hora la red de aeropuertos de EEUU todavía no se ha congestionado. Los vuelos salen a la hora y, en caso de que cancelen tu vuelo, hay muchos otros en los que pueden reasignarte. Un billete a una hora más conveniente (p.ej. a las 17:00) me habría costado entre $200 y $300 más, y seguramente habría resultado en un retraso de varias horas, sobre todo teniendo en cuenta que el día que salí de Chicago estaba nevando.

La visita a Washington DC, la tercera desde que me mudé a Chicago (ver Washington DC y The Magical World of Grid!), fue muy placentera. No hice nada de turismo (ya hice bastante durante mi primera visita), y me concentré en descansar, en pasarlo bien con mis huéspedes, y en disfrutar de la cena de Thanksgiving.

Durante mi estancia, también tuve ocasión de hacer algo un poco fuera de lo ordinario. El padre de la familia con la que pasé Thanksgiving trabaja en el Departamento de Defensa, y se ofreció a darme un tour del Pentágono el día después de Thanksgiving. Por supuesto, acepté sin pensarlo dos veces. Esta era una oportunidad bastante especial porque, a diferencia de muchos otros edificios emblemáticos de Washington DC, el acceso al Pentágono está muy restringido y, aunque aceptan visitantes, no puedes simplemente presentarte ahí, comprar un billete, y apuntarte al tour de las cuatro. O lo coordinas con muchísima antelación, o consigues que alguien que trabaje ahí se ofrezca a enseñarte el interior. Y, una vez dentro, siempre tienes que ir acompañado de la persona con quién accediste. Así que fuimos el día después de Thanksgiving, un día en el que el Pentágono estaba prácticamente vacío (porque mucha gente se pilla puente el día después de Thanksgiving) y era fácil moverse por ahí sin estorbar.

El Pentágono, todo hay que decirlo, no es más que un edificio de oficinas. Su interior básicamente se puede resumir en lo siguiente: pasillos y puertas. Pero, joder, ¡qué pasillos y qué puertas!. Cuando entras en un pasillo en el que solo hay una puerta, y esa puerta tiene una placa en la que puede leerse “Secretario de Defensa“, pues no puedes evitar sentirte un poco sobrecogido al darte cuenta de donde estás. Otro momento tipo “Joer, que pasada” es cuando fuimos al patio del Pentagono, en cuyo centro hay un restaurante cuyo nombre exacto no recuerdo (algo inocuo, como “Pentagon Café” o algo así), pero que era conocido por todo el mundo como “Ground Zero Café”, porque durante la Guerra Fría los rusos tenían apuntados una buena cantidad de misiles intercontinentales al centro exacto del Pentágono, donde se sitúa el restaurante. Y no pude evitar sentir escalofríos cuando pasamos por los pasillos, ya reconstruidos, que fueron destruidos durante el 11-S.

Para los más frikis: En el Pentágono se toman muy en serio la seguridad informática. En uno de los despachos, había dos ordenadores idénticos, cada uno con un disco duro removible. Uno de los discos llevaba una etiqueta verde indicando que los contenidos del disco eran “Unclassified“, mientras que el otro disco llevaba una etiqueta roja indicando que “This medium is classified as SECRET“. El router de la oficina tenía dos puertos, uno con la etiqueta verde y otro con la etiqueta roja. También había dos impresoras idénticas, excepto por las dos etiquetas. Además, había dos teléfonos, uno con etiqueta verde, y otro con una etiqueta naranja indicando que “This medium is classified as TOP SECRET“. Este teléfono era bastante más grande que el otro, con lo que no me extrañaría que estuviese lleno a rebosar de hardware propietario para encriptación de conversaciones. Por cierto, para los que se estén preguntando si la CIA va a aparecer en mi apartamento para “hacerme unas preguntas” por describir todo esto en mi blog, la respuesta es bien sencilla: entramos al despacho con nuestro huésped, que nos habría impedido entrar si los contenidos del despacho fuesen secretos (ya que yo no dispongo de ningún “security clearance”). Además, la manera en la que se maneja información a distintos niveles es información pública, así que no estoy contando nada que no aparezca ya en el equivalente americano del BOE. Eso sí, si hubiese intentado utilizar el teléfono Top Secret, seguramente habría aparecido el séptimo de caballería al instante.

6 Responses to “Thanksgiving”


  • Buenas, Borja!
    Este año tuve mi primer thanksgiving y me ha hecho mucha ilusión leer tu descripción del evento. Como bien comentas, lo importante es el tamaño del pavo, sin duda.
    Qué pasada entrar en el Pentágono! Visitaré Washington en navidad con un tour guiado, pero dudo mucho que lleguemos incluso a traspasar los muros de entrada…
    Saludos desde Chicago.
    Fran

  • Envidia (sana) es lo que me produce escuchar tu visita al Pentágono, son de esas situaciones que solo se repiten una vez en la vida y que recordaras para siempre. Enhorabuena!

  • Y mientras pasabas por esos pasillos no se te ocurrió hacer preguntas del estilo “por qué con tantas cámaras de seguridad como hay, no se ve el avión que cayó por aquí?”, “cuando sabremos TODA la verdad?”, “donde está el despacho de Mulder?” o “donde están los X-Files?” :p

    Seguro que fue muy interesante, y más viendo lo de las pegatinas.

    Saludos!

  • Mira que usar la expresión “no es moco de pavo” en este post… X’DDD

  • Muy interesante lo del viaje a Washington DC y la visita al Pentagono. Una pregunta tonta, ¿qué significa DC?

    Una cosilla al margen, si tu vas como invitado a casa de tus familiares o a cualquier otro lugar, tu eres el huésped, el que te acoge será digamos el anfitrión.

    Un saludo.

  • Bullitt: El DC significa “Distrito de Columbia”. En cuanto a “huésped”, efectivamente me he liado con la palabra (me parece que me confundo con “host”, que en inglés es quién hospeda, no quien es hospedado). Curiosamente, la RAE acepta ambas definiciones de la palabra, aunque “quien hospeda” es la menos común de las dos.

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