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Cinefilia

En la última Revista UD, en lugar de mi habitual “Crónica desde EEUU”, nos pidieron a Iñigo C. (ocasional comentarista en BorjaNet con el apodo “Camarada del Frente”, y encargado de la sección “Crónica desde Europa” de la Revista UD) y a mi colaborar en la sección “Homo Sapiens, Homo Ludens”. El tema de esta sección cambia en cada número, y en esta ocasión el objetivo era hablar sobre teatro y cine, pero sin intentar argumentar que uno es mejor que el otro. Iñigo desgranó las virtudes del teatro, y yo las del cine, en una colaboración titulada “Cinefilia”, que reproduzco a continuación.

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Hace dos años, cuando me trasladé a Chicago, me enfrenté al desafío de vivir por mi cuenta en mi primer piso. Descontando unos cuantos muebles esenciales ya incluidos, el piso estaba prácticamente vacío, y mis primeras semanas en Chicago estuvieron dedicadas, casi exclusivamente, a comprar todo tipo de utensilios, comodidades, decoraciones, etc. Al final del proceso, me dí cuenta de que mis prioridades son un tanto peculiares. Tengo un microondas mediocre que tarda una eternidad en calentar comida, una aspiradora de todo a cien, un dormitorio sin ningún tipo de decoración… pero mi salón en cambio dispone de una enorme televisión, un flamante sistema de Home Cinema, y un mullido sillón para poder ver películas cómodamente. Y ahora que me doy cuenta, mi dormitorio sí cuenta con decoración: dos enormes posters de cine. Amigos y amigas, a estas alturas ya debe estar claro que padezco de una condición conocida como cinefilia.

He sido un apasionado del cine desde que era un crío, cuando la actividad de fin de semana por excelencia para nuestra familia era ir al cine, o ver películas clásicas en casa. Mi niñez contó con todas las actividades propias de un chaval (quedar con los amigos, leer comics, hacer deberes, etc.) pero también con una rigurosa introducción a todo tipo de cine, de la mano de un padre cuya cinefilia supera a la mía por varios ordenes de magnitud. Desde la infancia hasta la adolescencia estuve acompañado por Chaplin, Billy Wilder, John Ford, Martin Scorsese, Alfred Hitchcock, Frank Capra, Mel Brooks, Orson Welles, y muchos más. A los 12 años, entre mis películas favoritas ya se encontraban Con Faldas y a lo Loco, Con la Muerte en los Talones, Uno, Dos, Tres, La Princesa Prometida, El Jovencito Frankenstein, Cuenta Conmigo, Ciudadano Kane, y Una Noche en la Opera.

Por aquel entonces, ir al cine dos veces a la semana, y ver otras tantas películas en casa, me parecía lo más normal del mundo, aunque pronto descubrí que no lo era. Recuerdo claramente que, a los diez años de edad (más o menos), intenté hablar con mis compañeros de escuela sobre Los Hermanos Marx y que, a pesar de reconocer a Groucho, nadie había visto sus películas (“Porque son en blanco y negro y eso es aburrido”). Ocasionalmente hacía referencia a mis películas favoritas y siempre recibía miradas de confusión al mencionar a “Rosebud”, al ukelele de Marilyn Monroe, al Milagroso Max o a Frau Blücher.

Pero… ¿qué me atrae tanto del cine? Una de las más importantes razones es sencillamente que el cine, en casi todas sus expresiones, es puro escapismo. Únicamente en los confines de una sala de cine puedo navegar los siete mares a la caza de bucaneros y filibusteros, vivir romances imposibles en la Inglaterra Victoriana, recorrer el cosmos en busca de nuevas civilizaciones, luchar contra los Nazis en la Segunda Guerra Mundial, y adentrarme en los rincones más oscuros de la psique humana. Todo esto puedo hacerlo con un libro o una obra de teatro, pero únicamente el cine consigue ir más allá que mis más vívidas imaginaciones, plasmando realidades imposibles sobre la pantalla plateada con una explosión sobrecogedora de luz y colores.

Otra razón es, sencillamente, que disfruto del cine como forma de expresión artística que es. Evidentemente, se produce mucho cine que dista mucho de ser “arte”, pero hay muchas películas en la que uno puede deleitarse simplemente con la excelente cinematografía, los efectos visuales, o los sutiles matices que introducen el guionista y los actores en los personajes utilizando un delicado pincel. Esto, por supuesto, es una cuestión de gustos. Hay gente que disfruta más con otras expresiones artísticas, como la pintura, la escritura, la música, o el teatro. Aunque yo también las disfruto, todavía no he encontrado nada que me cause tanta impresión como ciertas imágenes inmortalizadas sobre el celuloide. Igual soy un poco rarito, pero no he visto ningún cuadro ni oído ninguna sinfonía que me deje tan boquiabierto como la aparición de Harry Lime en El Tercer Hombre (1949). O igual el problema es que soy un poco cinéfilo.