Esto le resultará curioso a la gente que me conoce desde hace tiempo… estos últimos meses he experimentado con volverme barbudo, y un poco más melenudo que de costumbre:
¿El motivo? Pura y simple vagancia. A principios de año, pasé unos cuantos días enfermo, y durante ese tiempo no me afeité. Recuperadas mis energías, ya tenía los comienzos de una barba y me dije a mi mismo “Bueno, veamos que pasa si la dejamos crecer un poco más”. Al cabo de unos días, varias personas me dijeron que la barba, el pelo canoso y las gafas redondas me daban aires a científico loco, algo que me tomé como un cumplido, así que seguí sin afeitarme. Más recientemente, quedé con un antiguo compañero de ESIDE que estaba visitando Chicago (que evidentemente no estaba al tanto de mi nuevo aspecto), y su primera reacción fue que me empezaba a parecer a cierto profesor de ESIDE (efectivamente). Otro cumplido, vamos.
Sin embargo, el experimento ya toca a su fin. Hoy vuelvo a mi habitual estado imberbe (excepto por la “mosca” debajo de la boca), y a unas melenas un poco más modestas. Ojo, que la barba me parece que quedaba bien (aunque tengo que aprender a mantenerla y “darle forma” mejor). Sin embargo, al crecer una barba he descubierto que, cuando estoy estresado, tengo el nefasto hábito de juguetear con mi barba y empezar a arrancar pelos uno a uno. Al parecer, es una compulsión similar a la costumbre de morderse las uñas, aunque menos prevalente. Y claro, como en el doctorado nos reparten estrés para dar, tomar, y regalar, pues de vez en cuando acababa con una distribución folicular un tanto irregular.
Eso sí, en los momentos en los que llegaba a tener una frondosa barba, podía fácilmente ser la envidia del Capitán Haddock. ¡Mil millones de rayos y truenos! Me reservo la barba para futuras ocasiones, y me anoto “Tricotilómano” como insulto haddockiano.
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